Hay quien asegura que vivimos en la era más racional de la historia. Un tiempo en el que la humanidad, guiada por la luz impoluta del conocimiento científico, habría dejado atrás supersticiones y credos dogmáticos. Bastaría asomarse a cualquier debate público para comprobarlo: ya no se invoca a los dioses, ahora se invoca “a los datos”. Y, como ocurre con toda divinidad moderna, nadie se atreve a preguntar de dónde salen, quién los interpreta o por qué siempre confirman las decisiones del poder.
Sin embargo, bajo esta superficie de aparente rigor late una transformación profunda: la ciencia, nacida como método de duda y revisión, ha sido elevada a argumento de autoridad, una especie de escudo retórico que desactiva la discrepancia. La tecnocracia se ha convertido en el nuevo clero y el cientificismo en su liturgia, moldeando políticas, discursos y percepciones colectivas. Es justamente por eso que reivindicar el escepticismo —el sano, el razonado— se vuelve hoy una obligación cívica más que una actitud intelectual.