Nos prometieron salvar el planeta, pero pocas veces se habla de quién gana dinero durante el proceso. La llamada economía verde se ha convertido en uno de los conceptos más repetidos en los discursos políticos, empresariales y mediáticos de los últimos años. Bajo la promesa de compatibilizar crecimiento económico y protección ambiental, han surgido nuevas regulaciones, subvenciones, tecnologías y modelos de negocio que buscan transformar la forma en que producimos y consumimos. Sin embargo, cuanto más presente está este concepto en la vida pública, más necesario resulta analizar qué significa realmente y cuáles son sus implicaciones prácticas.
La preocupación por el medioambiente es legítima y responde a desafíos que afectan a toda la sociedad. No obstante, alrededor de la transición ecológica también se han desarrollado importantes intereses económicos, financieros y políticos. Esto plantea preguntas que merecen ser examinadas con serenidad y espíritu crítico: ¿estamos ante una evolución necesaria para garantizar un futuro más sostenible o frente a una nueva oportunidad de negocio impulsada desde las instituciones y los mercados? Comprender esta realidad exige ir más allá de los eslóganes y observar con detalle cómo funciona la denominada economía verde en la práctica.