Hay épocas en las que hablar es un acto de valentía, pero también hay otras —como la nuestra— en las que callar se ha convertido en una forma de virtud social. Hoy el aplauso no se reserva al valiente que dice lo que piensa, sino al prudente que no incomoda a nadie. Hemos confundido la templanza con la tibieza, la reflexión con la parálisis y el respeto con el miedo. La autocensura ya no se impone desde arriba: se cultiva desde dentro, con una sonrisa educada y un prudente “prefiero no opinar”.
El resultado es una sociedad poblada de moderados satisfechos, convencidos de que su silencio mantiene la paz cuando en realidad perpetúa la mentira. Esa supuesta prudencia, tan celebrada en tiempos de ruido, es muchas veces una forma de cobardía revestida de elegancia. Porque el miedo a molestar no construye convivencia, sino sumisión; y quien renuncia a decir lo que piensa por temor a las consecuencias, acaba diciendo exactamente lo que el poder desea: nada.