¿De qué sirve proclamar derechos si, cuando llega el momento de ejercerlos, se convierten en un problema que hay que “gestionar”? En España hemos aprendido a convivir con una paradoja cómoda: defender en abstracto la justicia social mientras se desconfía profundamente de cualquier conflicto real que la ponga en práctica. El consenso gusta; el desacuerdo organizado incomoda. Y sin embargo, toda democracia madura debería asumir que el conflicto no es una anomalía, sino una consecuencia natural de intereses contrapuestos. En un país que presume de diálogo social, cada huelga se vive como una amenaza y cada negociación colectiva como un trámite molesto. Quizá el problema no sea el conflicto, sino nuestra alergia cultural a reconocerlo como legítimo. Tal vez el verdadero miedo no esté en el choque de intereses, sino en que ese choque revele hasta qué punto el equilibrio social que proclamamos es más frágil de lo que nos gusta admitir.