¿En qué momento aceptamos que las decisiones colectivas puedan tomarse con más ruido que consenso y más estrategia que convicción? La política contemporánea ha convertido el acto de votar en un espectáculo de aritmética interesada, donde lo importante no siempre es convencer, sino sumar. Mientras tanto, el ciudadano observa cómo se diluye la idea de representación real en un sistema que, en teoría, debería ser su voz. Entre pactos de despacho, ausencias calculadas y mayorías ajustadas, surge una pregunta incómoda: ¿deciden realmente quienes deben decidir, o simplemente gana quien mejor juega con las reglas?