¿En qué momento dejamos de exigir coherencia a quienes dicen representarnos? Mientras la política se convierte en un espectáculo de lealtades volátiles, promesas recicladas y discursos moldeados según la ocasión, el ciudadano observa —cada vez más escéptico— cómo el compromiso público parece diluirse en estrategias de supervivencia partidista. La disciplina interna pesa más que la palabra dada, y la fidelidad al aparato supera, con frecuencia, la fidelidad al votante. Quizá el problema no sea solo de quienes ocupan los escaños, sino también de una sociedad que ha normalizado la ambigüedad como forma de gobierno.