Parece que vivimos en la era más avanzada de la historia: tenemos dispositivos que piensan por nosotros, ciudades que funcionan solas y una sensación generalizada de que todo va “mejor que nunca”. Y aun así, curiosamente, cada vez más personas sienten ese pequeño agujero existencial que no se arregla con una actualización de software. El progreso promete llenar todos los vacíos… salvo el más incómodo: el del sentido.
Hemos avanzado en casi todos los frentes, pero seguimos sin responder a la pregunta más antigua de la humanidad: para qué vivimos. La modernidad nos ha dado velocidad, comodidad y eficiencia, pero también ha debilitado silenciosamente los hilos que conectan la vida con un propósito. Ese “nihilismo suave” del que apenas hablamos ha convertido el día a día en una sucesión de estímulos sin dirección. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si el progreso, tal como lo entendemos, ha olvidado aquello que hace que la existencia merezca la pena.