¿Tiene sentido hablar de representación territorial en un país donde la política se ha convertido en una competición de lealtades partidistas más que de defensa del territorio? España presume de equilibrio institucional mientras, en la práctica, las decisiones que afectan a las regiones parecen tomarse en despachos donde el mapa es más decorativo que determinante. La desconexión entre lo que se dice representar y lo que realmente se defiende no es una anomalía puntual, sino un síntoma estructural que llevamos demasiado tiempo normalizando.