¿Qué ocurre cuando quienes deben rendir cuentas ante la ley disfrutan de mecanismos diseñados precisamente para protegerlos de ella? La paradoja no es menor: en una democracia madura, la igualdad ante la ley se presume incuestionable… salvo cuando deja de serlo. España convive con privilegios jurídicos heredados de una época de equilibrios frágiles que hoy generan más desconfianza que estabilidad. La inmunidad política, lejos de percibirse como garantía institucional, se interpreta cada vez más como una barrera entre representantes y representados. Y ahí es donde empieza el problema: cuando la protección se convierte en sospecha.