«Quien está dispuesto a sacrificar privacidad por seguridad suele descubrir demasiado tarde que ha perdido ambas.» Cada vez que se produce un atentado, una crisis de seguridad o una amenaza percibida, reaparece el mismo argumento: para estar más seguros debemos renunciar a parte de nuestra privacidad. La idea se presenta como una elección inevitable, casi como una ley de la naturaleza política. Sin embargo, pocas veces se analiza si realmente nos encontramos ante una disyuntiva auténtica o ante un planteamiento simplificado que condiciona el debate público desde el principio.
En las últimas décadas, tanto Europa como Estados Unidos han ampliado significativamente las capacidades de vigilancia estatal y de recopilación de datos personales. Estas medidas suelen justificarse en nombre de la protección ciudadana, pero también han generado importantes debates sobre derechos fundamentales, límites del poder y control democrático. Comprender cómo se ha construido esta aparente oposición entre privacidad y seguridad resulta esencial para evaluar con criterio una de las cuestiones más relevantes para las libertades individuales en las sociedades modernas.