¿A quién acude el ciudadano cuando siente que el poder le ha dado la espalda? En una democracia madura se presume que las instituciones están al servicio de las personas, pero la experiencia cotidiana suele ser más áspera: trámites interminables, respuestas impersonales, silencios administrativos y la sensación de que el individuo es siempre la parte débil frente al engranaje del Estado. España no es una excepción. Vivimos rodeados de discursos sobre derechos, transparencia y garantías, mientras muchos ciudadanos continúan enfrentándose a la burocracia como quien golpea una pared acolchada: no hay ruido, pero tampoco respuesta. Entre la teoría constitucional y la práctica administrativa se abre un espacio incómodo. Y en ese espacio aparece una figura pensada para equilibrar fuerzas. La pregunta es inevitable: ¿ha cumplido realmente su función o se ha convertido en un símbolo más de nuestra fe institucional?