¿Cuántas veces hemos escuchado que las instituciones están al servicio de los ciudadanos mientras la realidad parece demostrar exactamente lo contrario? En una época donde la burocracia crece, los procedimientos se multiplican y la distancia entre gobernantes y gobernados parece ensancharse, resulta legítimo preguntarse si el aparato público existe para resolver problemas o para perpetuarse a sí mismo. La confianza en las administraciones no se pierde de golpe; se erosiona lentamente cuando las promesas de eficacia chocan con la experiencia cotidiana de quienes esperan respuestas que nunca llegan.