¿De qué sirve proclamar derechos si se asumen como un consuelo para quienes ya no están? España lleva décadas normalizando una paradoja incómoda: formar talento, expulsarlo por falta de oportunidades y luego felicitarse por su éxito fuera. Mientras el discurso público habla de movilidad, globalización y experiencias internacionales, la realidad empuja a miles de ciudadanos a buscar fuera lo que aquí no encuentran. No se trata solo de economía, sino de dignidad, de arraigo y de responsabilidad colectiva. El aplauso autocomplaciente a la “marca España” contrasta con la indiferencia hacia quienes sostienen esa marca desde aeropuertos lejanos. Entre promesas institucionales y silencios administrativos, queda una pregunta incómoda flotando: ¿hasta qué punto el Estado asume como propia la suerte de quienes se vieron obligados a marcharse? Ahí es donde el texto constitucional deja de ser un símbolo y se convierte en un espejo incómodo.