Hubo un tiempo en que la verdad parecía tener un domicilio relativamente claro: una cabecera de periódico, un boletín oficial, un manual académico. No era perfecta, ni mucho menos, pero al menos sabíamos dónde buscarla. Hoy, en cambio, la información circula a una velocidad que desborda cualquier filtro, se multiplica en pantallas simultáneas y compite por nuestra atención como si fuera un producto más en un escaparate digital. Nunca hemos tenido tanto acceso a datos; pocas veces ha sido tan difícil distinguir lo sólido de lo dudoso.
En este nuevo ecosistema informativo, la frontera entre hecho, opinión y propaganda se vuelve difusa. Las redes sociales convierten cada suceso en un torrente de interpretaciones inmediatas, los titulares se diseñan para impactar antes que para explicar y la verificación suele llegar cuando la narrativa ya ha echado raíces. No se trata solo de noticias falsas, sino de algo más profundo: una erosión progresiva de la confianza en que exista una versión verificable de los hechos. Ese es el terreno sobre el que conviene detenernos a reflexionar.