ARTÍCULO 125 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

¿De qué sirve hablar de participación ciudadana si, cuando llega el momento de intervenir en los asuntos públicos, tantos ciudadanos sienten que su papel consiste únicamente en votar y volver a casa? En España se invoca con frecuencia la democracia, pero a veces parece que participar es un derecho reservado para las campañas electorales y que el resto del tiempo debemos limitarnos a observar. Una sociedad democrática necesita ciudadanos dispuestos a implicarse, instituciones capaces de escuchar y mecanismos que permitan intervenir sin depender de la voluntad de quienes ejercen el poder. Porque una ciudadanía que delega absolutamente todo acaba confundiendo la representación política con la renuncia a su propia responsabilidad.

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ARTÍCULO 37 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

¿De qué sirve proclamar derechos si, cuando llega el momento de ejercerlos, se convierten en un problema que hay que “gestionar”? En España hemos aprendido a convivir con una paradoja cómoda: defender en abstracto la justicia social mientras se desconfía profundamente de cualquier conflicto real que la ponga en práctica. El consenso gusta; el desacuerdo organizado incomoda. Y sin embargo, toda democracia madura debería asumir que el conflicto no es una anomalía, sino una consecuencia natural de intereses contrapuestos. En un país que presume de diálogo social, cada huelga se vive como una amenaza y cada negociación colectiva como un trámite molesto. Quizá el problema no sea el conflicto, sino nuestra alergia cultural a reconocerlo como legítimo. Tal vez el verdadero miedo no esté en el choque de intereses, sino en que ese choque revele hasta qué punto el equilibrio social que proclamamos es más frágil de lo que nos gusta admitir.

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ARTÍCULO 24 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

La justicia, dicen, es ciega. En España, en cambio, parece que a veces se quita la venda para mirar de reojo quién entra por la puerta. El Artículo 24 de nuestra Constitución es uno de esos textos solemnes que prometen garantías, derechos y un trato justo para todos. Sin embargo, basta asomarse a la realidad diaria para sentir que las promesas constitucionales funcionan como los folletos turísticos: bonitas para enseñar, difíciles de reconocer cuando uno pisa el terreno. Hoy analizo este artículo con la convicción de que la justicia no solo debe ser justa, sino también parecerlo. Y, sobre todo, con la sospecha creciente de que el ciudadano medio se conforma con creer que tiene derechos sin comprobar si en la práctica le sirven de algo. Ser libre es, también, no comulgar con ruedas de molino.

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