Cuando el poder se concentra en pocas manos, la vigilancia ciudadana debería aumentar en la misma proporción. Sin embargo, ocurre a menudo lo contrario: cuanto más complejo se vuelve el funcionamiento del Estado, más se resigna la sociedad a delegar sin preguntar. Nos escandalizan los abusos cuando aparecen en los titulares, pero rara vez examinamos los mecanismos que permiten que determinadas decisiones afecten a millones de personas sin apenas debate público. La comodidad democrática tiene un precio: dejar de observar quién gobierna realmente y cómo ejerce ese poder.