¿Cuánto vale realmente un voto cuando el sistema decide cuánto pesa según el lugar donde se emite? La democracia española presume de igualdad, pero convive con mecanismos que distorsionan silenciosamente la voluntad popular. Mientras se repite el mantra de la representación, pocos se detienen a analizar si todos los ciudadanos influyen de la misma manera en el rumbo político del país. Y ahí, en ese terreno incómodo, es donde empiezan las preguntas que casi nadie quiere formular.
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ARTÍCULO 67 DE LA CONSTITUCIÓN
¿En qué momento dejamos de exigir coherencia a quienes dicen representarnos? Mientras la política se convierte en un espectáculo de lealtades volátiles, promesas recicladas y discursos moldeados según la ocasión, el ciudadano observa —cada vez más escéptico— cómo el compromiso público parece diluirse en estrategias de supervivencia partidista. La disciplina interna pesa más que la palabra dada, y la fidelidad al aparato supera, con frecuencia, la fidelidad al votante. Quizá el problema no sea solo de quienes ocupan los escaños, sino también de una sociedad que ha normalizado la ambigüedad como forma de gobierno.