¿Qué ocurre cuando quienes deben rendir cuentas ante la ley disfrutan de mecanismos diseñados precisamente para protegerlos de ella? La paradoja no es menor: en una democracia madura, la igualdad ante la ley se presume incuestionable… salvo cuando deja de serlo. España convive con privilegios jurídicos heredados de una época de equilibrios frágiles que hoy generan más desconfianza que estabilidad. La inmunidad política, lejos de percibirse como garantía institucional, se interpreta cada vez más como una barrera entre representantes y representados. Y ahí es donde empieza el problema: cuando la protección se convierte en sospecha.
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ARTÍCULO 65 DE LA CONSTITUCIÓN
Resulta curioso que en un país donde se discute cada céntimo del gasto público y se exige transparencia a cualquier administración, haya ámbitos institucionales que parecen vivir en una especie de zona de silencio. España presume, con razón, de ser un Estado democrático consolidado, con controles parlamentarios, tribunales de cuentas y debates presupuestarios interminables. Sin embargo, cuando la conversación gira en torno a ciertas instituciones históricas, el tono cambia, la crítica se suaviza y el debate desaparece del espacio público. ¿Hasta qué punto la democracia española ha sido capaz de aplicar sus propios principios de transparencia a todos los niveles del poder? ¿Y hasta qué punto preferimos mirar hacia otro lado para no incomodar tradiciones o equilibrios políticos heredados de otro tiempo?