¿Qué clase de país presume de respeto a sus mayores mientras normaliza pensiones insuficientes, listas de espera interminables y una soledad que no sale en los informativos? España se emociona con homenajes puntuales y discursos solemnes, pero la verdadera dignidad no se mide en palabras sino en condiciones materiales. Vivimos más años, sí, pero no siempre vivimos mejor. En una sociedad obsesionada con la productividad y la juventud, envejecer parece convertirse en una carga estadística más que en una etapa vital protegida. La madurez colectiva se demuestra en cómo cuidamos a quienes ya lo han dado todo. Y ahí es donde el espejo constitucional deja de ser retórica y empieza a incomodar. Porque proteger a los mayores no es un gesto sentimental: es una obligación estructural que define qué tipo de comunidad queremos ser.