Vivimos una época en la que ya no se reza, pero se predica. No hay templos, pero sobran púlpitos. Los viejos credos se han desvanecido, y en su lugar han surgido nuevas religiones seculares que no necesitan dioses para imponer sus dogmas. En ellas, la moral se ha convertido en una forma de pertenencia, y la causa justa en un acto de fe. Cada ideología ofrece su propio evangelio, sus mártires y sus enemigos, y quien se atreve a dudar corre el riesgo de ser excomulgado del nuevo orden moral.
Lo más curioso —y preocupante— es que estas nuevas formas de fe no reclaman almas, sino conciencias alineadas. Ya no se busca la verdad, sino la virtud pública; no el pensamiento, sino la corrección. En esta liturgia contemporánea, el juicio ha reemplazado al diálogo, la emoción ha desterrado a la razón, y la pureza ideológica se celebra como si fuera un sacramento. La modernidad, que prometía liberar al hombre de la superstición, lo ha devuelto —más obediente que nunca— al altar del dogma.