La justicia, dicen, es ciega. En España, en cambio, parece que a veces se quita la venda para mirar de reojo quién entra por la puerta. El Artículo 24 de nuestra Constitución es uno de esos textos solemnes que prometen garantías, derechos y un trato justo para todos. Sin embargo, basta asomarse a la realidad diaria para sentir que las promesas constitucionales funcionan como los folletos turísticos: bonitas para enseñar, difíciles de reconocer cuando uno pisa el terreno. Hoy analizo este artículo con la convicción de que la justicia no solo debe ser justa, sino también parecerlo. Y, sobre todo, con la sospecha creciente de que el ciudadano medio se conforma con creer que tiene derechos sin comprobar si en la práctica le sirven de algo. Ser libre es, también, no comulgar con ruedas de molino.
neutralidad
LA NUEVA FE: CUANDO LA MORAL SUSTITUYE AL PENSAMIENTO
Vivimos una época en la que ya no se reza, pero se predica. No hay templos, pero sobran púlpitos. Los viejos credos se han desvanecido, y en su lugar han surgido nuevas religiones seculares que no necesitan dioses para imponer sus dogmas. En ellas, la moral se ha convertido en una forma de pertenencia, y la causa justa en un acto de fe. Cada ideología ofrece su propio evangelio, sus mártires y sus enemigos, y quien se atreve a dudar corre el riesgo de ser excomulgado del nuevo orden moral.
Lo más curioso —y preocupante— es que estas nuevas formas de fe no reclaman almas, sino conciencias alineadas. Ya no se busca la verdad, sino la virtud pública; no el pensamiento, sino la corrección. En esta liturgia contemporánea, el juicio ha reemplazado al diálogo, la emoción ha desterrado a la razón, y la pureza ideológica se celebra como si fuera un sacramento. La modernidad, que prometía liberar al hombre de la superstición, lo ha devuelto —más obediente que nunca— al altar del dogma.
EL SILENCIO DE LOS MODERADOS
Hay épocas en las que hablar es un acto de valentía, pero también hay otras —como la nuestra— en las que callar se ha convertido en una forma de virtud social. Hoy el aplauso no se reserva al valiente que dice lo que piensa, sino al prudente que no incomoda a nadie. Hemos confundido la templanza con la tibieza, la reflexión con la parálisis y el respeto con el miedo. La autocensura ya no se impone desde arriba: se cultiva desde dentro, con una sonrisa educada y un prudente “prefiero no opinar”.
El resultado es una sociedad poblada de moderados satisfechos, convencidos de que su silencio mantiene la paz cuando en realidad perpetúa la mentira. Esa supuesta prudencia, tan celebrada en tiempos de ruido, es muchas veces una forma de cobardía revestida de elegancia. Porque el miedo a molestar no construye convivencia, sino sumisión; y quien renuncia a decir lo que piensa por temor a las consecuencias, acaba diciendo exactamente lo que el poder desea: nada.