Nos han enseñado a confundir avanzar con mejorar, como si toda novedad llevara incorporada, por definición, una dosis de bienestar. Durante siglos, la idea de progreso ha ocupado un lugar privilegiado en nuestra forma de entender la historia: más tecnología, más producción, más velocidad, más conocimiento y más capacidad de transformar nuestro entorno. La palabra «progreso» se ha convertido así en una especie de garantía moral. Si algo es nuevo, sofisticado o más eficiente, parece que necesariamente debe ser también mejor.
Pero la historia humana es bastante menos ordenada que ese relato. Cada avance ha generado oportunidades, pero también nuevas dependencias, desigualdades, conflictos y formas de poder. La industrialización multiplicó la capacidad productiva al mismo tiempo que transformó radicalmente las condiciones de vida y trabajo; la tecnología ha ampliado nuestras posibilidades mientras también ha creado mecanismos inéditos de control; y la obsesión contemporánea por la eficiencia nos lleva, en ocasiones, a olvidar una pregunta elemental: ¿progreso hacia dónde y para quién?.