España presume de ser una democracia moderna, pero sigue atada a conceptos de soberanía y nacionalidad que parecen escritos con pluma de tinta vieja. El Artículo 11 de la Constitución aborda la cuestión de la nacionalidad: quién puede ser español, cómo se adquiere y cómo se pierde. A simple vista, podría parecer un trámite jurídico, una formalidad técnica. Pero detrás late una pregunta esencial: ¿qué significa ser español hoy?
Entre los que agitan banderas con fervor patriótico y los que reniegan del término por considerarlo tóxico, el texto constitucional intenta mantener un equilibrio diplomático. Sin embargo, la realidad actual —marcada por la migración, la doble nacionalidad, la identidad múltiple y el desarraigo— demuestra que esa definición de “españolidad” ya no encaja del todo con el país que somos ni con el que fingimos ser.