El Artículo 2 de la Constitución es, probablemente, el espejo más claro de nuestra contradicción nacional: un texto que proclama la “indisoluble unidad” de España y, en el mismo aliento, “el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones”. Una frase tan solemne como ambigua, tan patriótica como esquizofrénica. En ella se cimentó la España de las autonomías, pero también el germen de todos los debates identitarios que nos devoran desde hace décadas. Hoy, mientras unos agitan banderas y otros reclaman autodeterminación, el espíritu del 78 parece un pacto incómodo que todos invocan y nadie cumple. Y es que este artículo, más que un cimiento, parece un armisticio perpetuo: un intento de contentar a todos que, al final, no satisface a nadie.