Vivimos tiempos moralmente ejemplares. Todos parecen haber alcanzado un grado de virtud que ni los antiguos filósofos soñaron. Nadie miente, nadie juzga, nadie se equivoca. Basta con asomarse a las redes sociales para comprobarlo: un desfile interminable de bondad, empatía y justicia impecablemente fotografiada. Hemos domesticado el mal, al menos mientras la cámara esté encendida.
Pero tras ese escaparate reluciente se esconde una realidad más incómoda: la moral se ha convertido en una puesta en escena, una obligación de imagen más que de conciencia. Hoy ya no se exige ser bueno, sino parecerlo. Lo importante no es la ética, sino la narrativa. Y en este nuevo orden moral, quien se atreve a callar, matizar o disentir, corre el riesgo de ser señalado como sospechoso. La virtud ha dejado de ser una convicción para transformarse en un código de conducta pública, dictado por el miedo al juicio ajeno.