A veces la democracia moderna se parece más a una maquinaria burocrática perfectamente lubricada que a un verdadero sistema de control político. Todo se firma, todo se publica, todo parece legal… y, sin embargo, casi nadie se pregunta quién asume realmente la responsabilidad moral de las decisiones que afectan al país. España lleva décadas confundiendo institucionalidad con transparencia, y formalidad con legitimidad. Cuando las instituciones se convierten en simples sellos automáticos del poder político, la ciudadanía deja de vigilar y empieza a obedecer por costumbre. Ahí comienza el verdadero problema.