El término nacionalismo vuelve a ocupar titulares, debates parlamentarios y tertulias europeas con una intensidad que muchos creían superada. Desde el norte hasta el sur del continente, distintas fuerzas políticas reivindican la nación como refugio, como solución o como respuesta frente a un mundo percibido como inestable. No se trata de un fenómeno homogéneo ni fácilmente clasificable, pero sí de una tendencia creciente que interpela directamente al proyecto europeo y a la forma en que los Estados se relacionan con sus ciudadanos.
Lejos de los simplismos habituales, el auge de los nuevos nacionalismos no puede entenderse únicamente como un regreso al pasado ni como una anomalía política. Surge en un contexto marcado por la globalización, la desconfianza institucional y una ciudadanía cada vez más escéptica ante las promesas incumplidas. Comprender por qué estas corrientes ganan terreno y qué implicaciones tienen para Europa exige detenerse en sus causas profundas y en las consecuencias que ya empiezan a manifestarse en el plano político, social y económico.