Las redes sociales ya no son una plaza pública, son un coliseo romano donde cada día alguien es arrojado a los leones de la opinión. No hay jueces ni abogados, solo una turba digital que dicta sentencia al ritmo de trending topics. Hoy puedes ser espectador, mañana acusado, y pasado mañana verdugo. La regla es sencilla: la emoción manda, la razón estorba y el matiz se considera traición.
En este tribunal sin apelación, la verdad importa menos que el volumen del grito y el número de manos alzadas en forma de “likes”. La masa no discute, se indigna; no razona, etiqueta; no escucha, cancela. Y lo más perverso es que todo ocurre bajo la apariencia de una comunidad que confunde ruido con consenso, furia con justicia y espectáculo con moralidad.