¿Quién controla realmente a quienes dicen representarnos? En una democracia madura, el poder no solo debe ejercerse, sino también limitarse y vigilarse. Sin embargo, cuando las instituciones se autorregulan sin apenas interferencias externas, surge una paradoja inquietante: quienes legislan las normas del país también diseñan las reglas de su propio funcionamiento. Y ahí, en ese terreno aparentemente técnico, es donde a menudo se esconden los privilegios más resistentes al escrutinio público.