¿De verdad escuchamos a nuestros jóvenes o simplemente los utilizamos como eslogan electoral cada cuatro años? España presume de generaciones preparadas, hiperconectadas y “más formadas que nunca”, mientras una parte significativa de ellas encadena precariedad, alquileres imposibles y proyectos vitales aplazados. Se habla de talento, pero se tolera su fuga; se invoca el futuro, pero se administra el presente con mirada cortoplacista. Entre discursos motivacionales y campañas institucionales, la juventud se convierte en símbolo… y rara vez en prioridad estructural. El problema no es la retórica, sino la incoherencia. Porque cuando una sociedad declara proteger a sus jóvenes pero no garantiza condiciones reales de emancipación, participación y estabilidad, la promesa se transforma en paradoja. Y toda paradoja sostenida en el tiempo termina erosionando la credibilidad del sistema que la sostiene.
mercado laboral español
ARTÍCULO 35 DE LA CONSTITUCIÓN
El trabajo dignifica, dicen. Lo repiten políticos, empresarios y tertulianos con una convicción casi religiosa. Pero cuando uno rasca un poco bajo la superficie, descubre que en España el trabajo no siempre dignifica: a menudo agota, precariza y somete. El Artículo 35 de la Constitución promete derechos laborales, igualdad y una remuneración suficiente para vivir con dignidad. Promete mucho. Demasiado, quizá, para un país que ha normalizado contratos basura, salarios que no alcanzan y jóvenes eternamente “en prácticas”. Este artículo no habla solo de empleo; habla de dignidad, de justicia social y de un modelo de país. Y ahí es donde empiezan las grietas. Porque una Constitución que reconoce el derecho al trabajo en un mercado que expulsa, precariza o desmotiva plantea una pregunta incómoda: ¿es el problema la letra constitucional o nuestra forma colectiva de mirar hacia otro lado?