¿De verdad somos ciudadanos críticos o simples consumidores satisfechos mientras el escaparate está lleno? Vivimos en una sociedad que presume de derechos, pero que a menudo confunde libertad con capacidad de compra. Nos indignamos por una cláusula abusiva, pero aceptamos con resignación una cultura de consumo que nos convierte en piezas previsibles del engranaje económico. España ha desarrollado una conciencia cada vez más sensible frente a los abusos empresariales, aunque no siempre igual de exigente frente a la manipulación publicitaria o la obsolescencia programada. La protección del consumidor se ha convertido en bandera política recurrente, pero también en terreno fértil para el populismo regulatorio. La pregunta incómoda es esta: ¿defendemos nuestros derechos como ciudadanos o solo reaccionamos cuando nos tocan el bolsillo?