¿Hasta qué punto la eficiencia institucional justifica la delegación del poder? En una sociedad que presume de representación democrática, resulta curioso cómo aceptamos sin demasiado ruido que decisiones relevantes no siempre pasen por el pleno debate colectivo. España no es ajena a esa lógica: la agilidad se impone, la burocracia se reorganiza y, en ese proceso, la política se vuelve más técnica… y menos visible. Quizá el problema no sea la delegación en sí, sino la comodidad con la que dejamos de preguntarnos quién decide realmente.