¿Qué dice de una sociedad la manera en que nombra —o ignora— a quienes más apoyo necesitan? Durante décadas hemos hablado de inclusión mientras manteníamos inercias mentales heredadas de otra época. Nos felicitamos por los avances, celebramos reformas simbólicas y repetimos consignas institucionales, pero la verdadera medida del progreso no está en los discursos sino en la dignidad cotidiana. España presume de Estado social y democrático de Derecho, pero la igualdad real siempre encuentra obstáculos cuando exige recursos, adaptación y compromiso sostenido. La discapacidad, más que una cuestión técnica, es un espejo moral: revela si creemos de verdad en la igualdad o si la reducimos a una declaración bienintencionada. En esa tensión entre palabra y realidad se mueve uno de los artículos más reformados —y, paradójicamente, más olvidados durante años— de nuestra Constitución.