El trabajo dignifica, dicen. Lo repiten políticos, empresarios y tertulianos con una convicción casi religiosa. Pero cuando uno rasca un poco bajo la superficie, descubre que en España el trabajo no siempre dignifica: a menudo agota, precariza y somete. El Artículo 35 de la Constitución promete derechos laborales, igualdad y una remuneración suficiente para vivir con dignidad. Promete mucho. Demasiado, quizá, para un país que ha normalizado contratos basura, salarios que no alcanzan y jóvenes eternamente “en prácticas”. Este artículo no habla solo de empleo; habla de dignidad, de justicia social y de un modelo de país. Y ahí es donde empiezan las grietas. Porque una Constitución que reconoce el derecho al trabajo en un mercado que expulsa, precariza o desmotiva plantea una pregunta incómoda: ¿es el problema la letra constitucional o nuestra forma colectiva de mirar hacia otro lado?