¿De qué sirve presumir de identidad colectiva si luego permitimos que se diluya, se deteriore o se convierta en simple mercancía turística? España lleva décadas debatiendo sobre banderas, competencias y memorias enfrentadas, pero rara vez se detiene a pensar qué legado común quiere proteger y, sobre todo, por qué. Entre discursos grandilocuentes y presupuestos raquíticos, el patrimonio histórico y cultural parece existir más como decorado que como compromiso real. Se lo invoca en fechas señaladas, se lo exhibe en folletos institucionales y se lo instrumentaliza cuando conviene, pero pocas veces se lo trata como lo que es: una responsabilidad intergeneracional. En esa contradicción cómoda —defender lo propio mientras se consiente su abandono— se esconde una de las grandes hipocresías de nuestra vida pública.