España se proclama un Estado aconfesional… pero sigue buscando la bendición antes de tomar decisiones. En teoría, todos los ciudadanos son libres para profesar (o no profesar) una creencia, pero en la práctica el incienso aún impregna demasiadas instituciones, y las sotanas siguen teniendo línea directa con el poder.
Este artículo, uno de los más delicados de la Constitución, prometía separar Iglesia y Estado, garantizar la libertad de conciencia y desterrar viejos dogmas. Cuarenta años después, seguimos arrastrando un conflicto mal resuelto entre fe y libertad, entre la moral colectiva y la conciencia individual. La democracia madura exige emancipación, pero en España todavía cuesta distinguir entre el derecho a creer y el privilegio de influir.