Hay artículos de la Constitución que parecen inofensivos, discretos, casi susurrados. El 26 es uno de ellos: breve, silencioso y, sin embargo, cargado de un significado político que hoy muchos dan por sentado sin recordar lo que costó llegar hasta aquí. Porque en España tenemos la costumbre de creer que ciertas cosas “ya vienen de serie” en la democracia, como si hubiesen brotado del suelo el 6 de diciembre del 78. Este artículo, que prohíbe los tribunales de honor, es una vacuna contra un pasado en el que la “honra” valía más que la justicia. Y, aun así, mientras lo releo, no puedo evitar preguntarme si hoy no hemos reinventado, con otras palabras y otros rituales, nuevas formas de juzgar moralmente a las personas fuera de los tribunales. Cambia la forma, no el fondo: seguimos obsesionados con señalar, estigmatizar y purgar. España siempre encuentra un modo.