La privacidad… ese viejo lujo que antes parecía un derecho y hoy se ha convertido en un simple ajuste de configuración que nadie lee. El Artículo 18 de nuestra Constitución intentó blindar la vida íntima de los ciudadanos frente a injerencias indebidas, pero cuatro décadas después vivimos en una realidad donde entregamos datos personales con la misma alegría con la que aceptamos cookies sin mirar.
Mientras los poderes públicos prometen protegernos, las instituciones, las grandes empresas y hasta el vecino con demasiadas cámaras apuntando a la calle parecen competir por ver quién sabe más de nosotros. Y, aun así, seguimos proclamándonos libres. Quizá porque la libertad es más cómoda cuando no exige vigilancia, y la privacidad más fácil de defender cuando ya no queda mucho que defender. Hoy toca revisar si este artículo es un compromiso real… o un recordatorio nostálgico de algo que dejamos escapar sin darnos cuenta.