Hay una nueva norma no escrita en nuestra vida pública: pensar demasiado es de mala educación. Razonar, al parecer, se ha convertido en la última forma de insolencia. Después de todo, ¿quién eres tú para cuestionar lo que otros “sienten muy fuerte”? En esta era hipersensible, la emoción se ha coronado como autoridad moral y cualquier intento de poner orden intelectual en el debate corre el riesgo de ser interpretado como una provocación o, peor aún, como un ataque personal.
Pero detrás de esta piel fina colectiva no hay solo un problema emocional: hay una tendencia cultural que va erosionando, casi sin ruido, la capacidad de razonar sin miedo. La cultura de la ofensa, el antiintelectualismo disfrazado de autenticidad y el pensamiento reducido a consignas fáciles conforman un ecosistema donde el juicio sereno tiene cada vez menos espacio. Y, sin embargo, es precisamente en estos tiempos cuando más necesario resulta defender la razón sin perder la humanidad que la hace valiosa.