Vivimos en una época en la que disentir se ha convertido en una forma de mala educación. La opinión libre ya no se mide por su coherencia, sino por su capacidad de no incomodar. Se nos invita constantemente al consenso, pero ese consenso no busca el entendimiento, sino la obediencia. No pretende construir puentes, sino eliminar diferencias. Y así, bajo la amable apariencia de la concordia, florece una de las formas más eficaces de censura: la censura del grupo, del “todos estamos de acuerdo”, del “no hagas ruido”.
El miedo a disentir no nace del autoritarismo, sino del aplauso. De esa necesidad compulsiva de ser aceptados, de sentirnos en el lado correcto de la historia, aunque no sepamos quién la está escribiendo. La corrección política —que en su origen aspiraba a un trato más respetuoso— se ha convertido en un dogma moral, un código de pureza que impide el matiz. Hoy el hereje no es quien miente, sino quien duda. Y dudar, paradójicamente, es lo único que mantiene vivo el pensamiento libre.