¿De qué sirve presumir de transparencia si quienes deben fiscalizar al poder se encuentran a menudo con muros, retrasos, evasivas o información entregada a cuentagotas? Vivimos en una época en la que los gobiernos proclaman apertura mientras perfeccionan la gestión estratégica de los datos. La democracia no solo consiste en votar cada cierto tiempo, sino también en garantizar que quienes representan a los ciudadanos puedan acceder a la información necesaria para vigilar al Ejecutivo. Porque cuando el poder controla la información, termina controlando también el relato.