La política española ha convertido la urgencia en costumbre y la excepcionalidad en rutina. Todo parece justificar decisiones aceleradas, debates recortados y leyes aprobadas a golpe de titular y presión mediática. Mientras tanto, una ciudadanía agotada por la polarización acepta como normal que lo provisional termine siendo permanente. Quizá el verdadero problema no sea la velocidad con la que gobiernan algunos, sino la facilidad con la que la sociedad renuncia a exigir límites, controles y responsabilidades cuando le prometen soluciones rápidas.