Una sociedad que deja de enseñar a pensar termina enseñando a obedecer. Durante años hemos hablado de la educación como si su principal misión fuera preparar al ciudadano para aprobar exámenes, conseguir un empleo y adaptarse a las exigencias del mundo que le ha tocado vivir. Pero educar debería aspirar a algo más ambicioso: proporcionar las herramientas necesarias para comprender la realidad, formular preguntas incómodas, distinguir argumentos de consignas y construir un criterio propio. La educación no debería limitarse a transmitir conocimientos; también debería formar personas capaces de utilizarlos con autonomía.
En una época marcada por la sobreabundancia de información, la polarización y la facilidad con la que una opinión puede convertirse en dogma, esta cuestión adquiere una importancia especial. Nunca hemos tenido tanto acceso al conocimiento y, paradójicamente, tampoco ha sido tan sencillo confundir información con comprensión. Hablar de educación como herramienta de emancipación implica preguntarnos qué estamos enseñando, cómo lo estamos enseñando y, sobre todo, qué clase de ciudadano queremos ayudar a formar.