Vivimos en la era dorada del confort. No hace falta pensar demasiado: hay una aplicación que decide por nosotros, una norma que nos protege de nuestros propios errores y una autoridad moral dispuesta a corregir cualquier pensamiento “inadecuado”. La ciudadanía moderna, orgullosa de su madurez tecnológica, parece haber renunciado voluntariamente a la madurez política. En nombre del bienestar y la seguridad, hemos vuelto —con sonrisa satisfecha— a la infancia cívica.
El resultado es una sociedad paternalista en la que los adultos reclaman ser tratados como menores: se exige protección, orientación y consuelo ante cualquier dificultad. Pero una democracia no puede sostenerse sobre ciudadanos tutelados, sino sobre individuos autónomos y responsables. Cuando la comodidad sustituye al criterio, la libertad se convierte en un lujo que pocos se atreven a ejercer. En este contexto, la pregunta ya no es quién nos gobierna, sino por qué preferimos seguir siendo gobernados como si aún necesitáramos permiso para pensar.