Resulta curioso cómo se invoca constantemente la palabra “democracia” mientras se teme cada vez más preguntar directamente a los ciudadanos qué opinan. Vivimos en una época donde las consultas populares parecen aceptables únicamente cuando el resultado encaja previamente en los márgenes del poder político, mediático o institucional. Se aplaude la participación siempre que no incomode demasiado. Y quizá ahí reside una de las grandes contradicciones de la España contemporánea: se presume de soberanía popular mientras se administra la voz del pueblo con una cautela casi paternalista, como si opinar fuese un derecho decorativo y decidir, en el fondo, siguiera siendo un privilegio reservado a unos pocos.
equilibrio político
ARTÍCULO 2 DE LA CONSTITUCIÓN
El Artículo 2 de la Constitución es, probablemente, el espejo más claro de nuestra contradicción nacional: un texto que proclama la “indisoluble unidad” de España y, en el mismo aliento, “el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones”. Una frase tan solemne como ambigua, tan patriótica como esquizofrénica. En ella se cimentó la España de las autonomías, pero también el germen de todos los debates identitarios que nos devoran desde hace décadas. Hoy, mientras unos agitan banderas y otros reclaman autodeterminación, el espíritu del 78 parece un pacto incómodo que todos invocan y nadie cumple. Y es que este artículo, más que un cimiento, parece un armisticio perpetuo: un intento de contentar a todos que, al final, no satisface a nadie.