¿De qué sirve hablar de igualdad ante la justicia cuando el dinero puede determinar quién consigue defenderse mejor? Una democracia puede proclamar derechos con solemnidad y, al mismo tiempo, permitir que una parte de la ciudadanía los perciba como servicios de pago. La justicia no debería convertirse en un privilegio reservado a quien puede asumir sus costes sin dificultad. Cuando el acceso a los tribunales depende demasiado de la capacidad económica, la igualdad deja de ser una realidad y corre el riesgo de convertirse en una frase constitucional convenientemente repetida. Porque los derechos que solo pueden ejercerse cuando uno puede pagarlos tienen algo de derecho y mucho de privilegio.
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ARTÍCULO 62 DE LA CONSTITUCIÓN
¿Hasta qué punto los símbolos del poder siguen teniendo un papel real en la política de un país que presume de democracia consolidada? España vive instalada en una curiosa contradicción: se presenta como una monarquía parlamentaria moderna, plenamente democrática, pero mantiene una arquitectura institucional en la que ciertas funciones parecen más heredadas de la tradición que diseñadas para responder a la política real del siglo XXI. Mientras los gobiernos se suceden, las mayorías parlamentarias cambian y la opinión pública se fragmenta, hay figuras institucionales cuyo papel permanece rodeado de solemnidad, ritual y una cierta opacidad funcional. La pregunta incómoda no es si esas funciones existen —porque existen—, sino si la ciudadanía comprende realmente su alcance, su utilidad y su límite. Y, sobre todo, si ese equilibrio entre representación simbólica y poder institucional sigue teniendo sentido en la España actual.