¿De qué sirve proclamar derechos si se asumen como un consuelo para quienes ya no están? España lleva décadas normalizando una paradoja incómoda: formar talento, expulsarlo por falta de oportunidades y luego felicitarse por su éxito fuera. Mientras el discurso público habla de movilidad, globalización y experiencias internacionales, la realidad empuja a miles de ciudadanos a buscar fuera lo que aquí no encuentran. No se trata solo de economía, sino de dignidad, de arraigo y de responsabilidad colectiva. El aplauso autocomplaciente a la “marca España” contrasta con la indiferencia hacia quienes sostienen esa marca desde aeropuertos lejanos. Entre promesas institucionales y silencios administrativos, queda una pregunta incómoda flotando: ¿hasta qué punto el Estado asume como propia la suerte de quienes se vieron obligados a marcharse? Ahí es donde el texto constitucional deja de ser un símbolo y se convierte en un espejo incómodo.
derechos incumplidos
ARTÍCULO 35 DE LA CONSTITUCIÓN
El trabajo dignifica, dicen. Lo repiten políticos, empresarios y tertulianos con una convicción casi religiosa. Pero cuando uno rasca un poco bajo la superficie, descubre que en España el trabajo no siempre dignifica: a menudo agota, precariza y somete. El Artículo 35 de la Constitución promete derechos laborales, igualdad y una remuneración suficiente para vivir con dignidad. Promete mucho. Demasiado, quizá, para un país que ha normalizado contratos basura, salarios que no alcanzan y jóvenes eternamente “en prácticas”. Este artículo no habla solo de empleo; habla de dignidad, de justicia social y de un modelo de país. Y ahí es donde empiezan las grietas. Porque una Constitución que reconoce el derecho al trabajo en un mercado que expulsa, precariza o desmotiva plantea una pregunta incómoda: ¿es el problema la letra constitucional o nuestra forma colectiva de mirar hacia otro lado?