Cuando los cargos se multiplican pero las responsabilidades se diluyen, surge una pregunta incómoda: ¿quién gobierna realmente y quién simplemente ocupa un despacho? Vivimos en una época donde la política parece haber convertido la creación de puestos, asesores y estructuras administrativas en una demostración de poder más que de eficacia. Mientras los ciudadanos exigen resultados, las instituciones a menudo responden ampliando organigramas. La burocracia crece, los nombres cambian y las competencias se reparten, pero los problemas esenciales permanecen. Quizá el verdadero debate no sea cuántos responsables existen, sino quién responde cuando las decisiones fracasan. Y es precisamente ahí donde algunas disposiciones constitucionales adquieren una importancia mucho mayor de la que aparentan a simple vista.