¿Puede hablarse de libertad económica real cuando el mercado se invoca solo para unos pocos y se regula con celo para el resto? España presume de economía de mercado mientras convive, sin demasiada vergüenza, con oligopolios blindados, trabas burocráticas asfixiantes y un discurso político que demoniza al empresario pequeño mientras protege al grande. La contradicción no es nueva, pero sí cada vez más evidente. Se alaba la iniciativa privada en los discursos institucionales, al tiempo que se la sospecha, se la fiscaliza y se la ahoga en la práctica cotidiana. Entre la retórica liberal y la realidad intervencionista hay un abismo que muchos prefieren no mirar. Tal vez porque hacerlo obliga a reconocer que la libertad económica, cuando no conviene al poder político o administrativo, deja de ser un derecho para convertirse en una concesión revocable.