Hay artículos de la Constitución que parecen inofensivos, discretos, casi susurrados. El 26 es uno de ellos: breve, silencioso y, sin embargo, cargado de un significado político que hoy muchos dan por sentado sin recordar lo que costó llegar hasta aquí. Porque en España tenemos la costumbre de creer que ciertas cosas “ya vienen de serie” en la democracia, como si hubiesen brotado del suelo el 6 de diciembre del 78. Este artículo, que prohíbe los tribunales de honor, es una vacuna contra un pasado en el que la “honra” valía más que la justicia. Y, aun así, mientras lo releo, no puedo evitar preguntarme si hoy no hemos reinventado, con otras palabras y otros rituales, nuevas formas de juzgar moralmente a las personas fuera de los tribunales. Cambia la forma, no el fondo: seguimos obsesionados con señalar, estigmatizar y purgar. España siempre encuentra un modo.
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LA PRESIÓN DE LAS HORDAS
Las redes sociales ya no son una plaza pública, son un coliseo romano donde cada día alguien es arrojado a los leones de la opinión. No hay jueces ni abogados, solo una turba digital que dicta sentencia al ritmo de trending topics. Hoy puedes ser espectador, mañana acusado, y pasado mañana verdugo. La regla es sencilla: la emoción manda, la razón estorba y el matiz se considera traición.
En este tribunal sin apelación, la verdad importa menos que el volumen del grito y el número de manos alzadas en forma de “likes”. La masa no discute, se indigna; no razona, etiqueta; no escucha, cancela. Y lo más perverso es que todo ocurre bajo la apariencia de una comunidad que confunde ruido con consenso, furia con justicia y espectáculo con moralidad.